Algo sobre mi excentricidad


Advierto que esta sección tal vez no sea de lectura grata para todos. Contiene algunas declaraciones que pudieran herir la susceptibilidad de algunos. Se recomienda la compañía de una persona excéntrica.

Debí situar este artículo en la página "Journalists", pero por su extensión y contenido le di una página aparte.

Por excentricidad, por supuesto, no me refiero a otra cosa que algo que se considera fuera de lo común, lo cual puede variar desde cosas y comportamientos sencillamente inusuales hasta aquello que raya en la demencia y la carencia absoluta de todo sentido moral.

Pero el que una persona sea excéntrica no significa que esté loca ni sea mala, y el que su excentricidad rebase las fronteras de la cordura, amparándose en la libertad de expresión, tampoco significa que sus actitudes estén justificadas, especialmente si pisotea descaradamente los derechos de los demás. Esto ya no sería simplemente excentricidad, sino un supino defecto moral. No justificaremos eso, ¿verdad?.

Por eso, ¿cómo entender la excentricidad para que no me confundas con una persona irreverente, extremista o trastornada? Bueno, ayudémonos con el concepto de excentricidad en las matemáticas, que se refiere a algo que está fuera del centro de gravedad de algo, es decir, que su centro de gravedad es distinto. En mecánica se refiere a cierta pieza de un mecanismo, que gira en torno a un punto que no es su centro geométrico y cuyo propósito es convertir el movimiento que va en círculos en un movimiento alternativo que va en línea recta. Aunque a algunos no les resulte fácil de entender, por lo menos se dan cuenta de que se refiere a "algo que no gira u orbita en torno al centro".

Posteriormente, el término pasó a usarse en el lenguaje popular para referirse al comportamiento raro, extraño o inusual de ciertos individuos que parecían estar fuera o más allá de los paradigmas, de las tradiciones comúnmente aceptadas o de lo que algunos llaman "el sentido común". Se trata de aquello que, por considerarse fuera de lugar o de lo que se acepta comúnmente, la mayoría podría percibir como insulso, ridículo o irrespetuoso, aunque no necesariamente signifique que la persona no podría adaptarse al entorno social. Digamos que su excentricidad contrasta con lo que la mayoría considera comportamiento normal. A veces se considera excéntrica a una persona simplemente porque no piensa ni reacciona como los demás. Eso no es ser excéntrico, sino simplemente una diferencia.

Solo por ilustrarlo, pensemos en la góndolas de Venecia. Sabemos que si navegamos en un bote remando por un solo lado, comenzaremos a ir en círculos indefinidamente. Para compensarlo necesitamos remar por ambos lados. Sin embargo, el remero de ciertas góndolas de Venecia reman por el mismo lado todo el tiempo y, sin embargo, la góndola va en línea recta. ¿Cómo es eso posible? Dichas góndolas han sido fabricadas de un modo especial, de modo que compense tal principio físico y mantenga la góndola en línea recta. Es un bote diferente, con un contorno asimétrico. No encaja con el modelo común de bote. Ocurre algo parecido con la excentricidad. La persona tal vez no encaje en el modelo que nos hemos formado mentalmente, pero no significa que sea irreverente, extremista o malvada.

Por otro lado, en contraposición a la excentricidad, podríamos llamar concéntrica a la mayoría, un grupo en el que todos comparten, por decirlo así, el mismo centro o eje (intereses y puntos de vista similares).  Por ejemplo, si socialmente se considera normal que alguien diga: "¡Salud!" o "¡Dios te bendiga!" cuando uno estornuda, quizás la persona excéntrica no diga nada. Y si todos quieren elevar un brindis, tal vez proceda a beber de su copa sin sentirse obligada a brindar, etc. La mayoría la tildaría de irrespetuosa aunque solo se trata de que su centro de gravedad no gira en torno al de la mayoría. No hay por qué considerarla irrespetuosa. Es solo que sus valores son excéntricos, es decir, orbitan fuera del eje común. Si una persona o grupo de personas hace o dice cosas que no cuadran con lo que los demás esperan o desean, se le(s) tilda de excéntrica(s).

Y a pesar de que en las matemáticas se refiere, por ejemplo, a un parámetro que determina el grado de desviación de una sección cónica con respecto a una circunferencia, en la vida social pareciera significar un grado de desviación de la adaptación de un sujeto respecto al resto de la sociedad. Por ejemplo, Jesucristo nunca giró en torno al gusto de la mayoría ni se dejó someter por tradiciones que consideró absurdas u obsoletas. Por eso dijo, "yo no soy de este mundo" (Juan 8:23). ¿En qué resultó? En que muchos lo odiaron a muerte, y otros, lo amaron hasta el fin, amor y odio que continúan hasta el presente.

Entonces, ¿se podría decir que fue un excéntrico? No. Uno no es excéntrico solo por el hecho de que los demás no concuerden con lo que uno dice o hace. Por ejemplo, si un grupo humano realiza rituales que a otros asombran e intimidan, seguramente considerarían excéntricos a quienes no participaran de los mismos. Pero eso no convertiría en excéntricos a sus observadores, sino todo lo contrario. Porque se trata de rituales que asombran e intimidan a otros. Él se opuso a muchas tradiciones que mantenían engañada a la mayoría. Eso no lo convirtió en excéntrico. 

Por otro lado, Zulu fue, es y siempre se ha considerado a sí mismo un excéntrico, y nunca ha tenido miedo de serlo. No en el sentido de que rehúse mejorar como persona, estancándose, ni porque se retraiga de tratar con los demás como lo haría una persona normal porque no desee cambiar, ni porque carezca de un sentido creativo e innovador, sino todo lo contrario. Una de las características de muchos creadores, inventores e innovadores radica en que su centro de gravedad, por decirlo así, no es el común denominador. No van como corderos detrás de un status quo, sino con un centro de gravedad diferente, algo que a veces la mayoría (en contraste concéntrica), por estar acostumbrada a las tradiciones, no alcanza a entender ni comprender.

Es excéntrico en el sentido de que no gira ni orbita en torno a las costumbres y tradiciones comúnmente aceptadas por una mayoría que ni siquiera se ha detenido a pensar en el efecto que sus costumbres tienen en la sociedad. Por ejemplo, por un lado, los medios ensalzan la libertad de pensamiento, publican anuncios que fomentan la consecución del éxito a través del egotismo, hacen apología de muchas cosas malas, y después se preguntan por qué aumenta la pobreza y la delincuencia. No atan cabos para ver la relación que hay entre ambas cosas ni mucho menos pueden hacer nada para cambiar la situación.

Entonces, ¿para qué escribo este artículo? Bueno, cuando quise abrirme paso en mi carrera artística, me daba cuenta de que poco a poco mi excentricidad estaba metiéndome en problemas y que no estaba siendo entendida por algunos. Y aunque una simple pluma soplada por el viento en una playa en invierno puede parecer inofensiva para el caminante solitario, una pluma entintada, en manos de alguien que la blande sin escrúpulos sobre un papel, podría ocasionar mucha congoja mediante comentarios hirientes.

Por la clase de preguntas que me hacían en las entrevistas y por la forma que asumían en sus posturas intelectuales hacia mí como individuo, me daba la impresión de que esperaban que me comportara como ellos esperaban, que respondiera lo que ellos esperaban oír, que reaccionara como el promedio de los artistas que conocían, que me dejara tomar fotografías en los lugares que ellos pensaban que yo debía permitir que me fotografiaran y en las poses que ellos sugerían, etc., algo así como cuando a uno le dicen: "¡Sonríe!" cuando no quiere sonreír. Felizmente, en mi caso, pude mantener la mayoría de esos asuntos bajo control. Pero ¿por cuánto tiempo?

Cuando sugerí a los fotógrafos el lugar y el ángulo de la fotografía para la portada de mi LPZulu, me felicitaron por la idea. Parecía tomada en un amplio paraje campestre. Pero en realidad se trataba de un conocido vecindario. El Boulevard Roosevelt, de San Isidro. Había casas a la derecha e izquierda y automóviles que transitaban por el lugar. Sin embargo, al disparar la cámara en el momento justo y en el ángulo correcto, daba la impresión de ser un bosque inmenso y romántico. Gracias a que no me dejé llevar por ellos, sino por mi excentricidad, pude visualizar lo que a ellos jamás se les hubiera ocurrido ni en un millón de años.

En otra ocasión, un equipo de fotografía (éramos unas cinco personas) me llevaron hasta Santa Eulalia, para tomarme una serie de fotografías para la primera plana de un diario local. Dispararon por todas partes y regresamos a Lima. Habíamos recorrido más de 40 Kms,, hasta alcanzar unos 3500 mts sobre el nivel del mar, dedicando todo un día de trabajo. Finalmente ¿qué foto seleccionaron? La que aparece en la portada de este blog, una foto que cualquier niño pudo haberme tomado en el parque que quedaba a la vuelta de mi casa. Definitivamente, su centro de gravedad era muy diferente al mío.¿Dirías que soy un excéntrico por decirlo, o por pensar diferente? No en ese sentido, por supuesto.

Otra anécdota. En cierta ocasión, un journalist entró con un fotógrafo a uno de mis cursos de oratoria para hacer una nota periodística. Pero noté con estupor que el fotógrafo nunca disparaba su cámara cuando todos sonreían y reían a carcajadas. Siempre esperaba a que se pusieran serios, luego disparaba. Hizo lo mismo conmigo unas cinco veces, hasta que le espeté delante de todos: "Señor, disculpe. ¿Tiene algún problema con nuestra risa? Porque he notado que desde que entró a mi clase, hasta ahora no me ha tomado una sola fotografía sonriendo ni riéndome. Siempre me las toma cuando me pongo serio. ¿Tiene usted algún inconveniente en tomarnos fotos también cuando estamos riendo? Mis clases son muy alegres y entretenidas, pero si usted nos enfoca solo cuando nos ponemos serios, ¿qué impresión se llevarán los que vean las fotografías?".

Por supuesto, no le hizo ninguna gracia (a pesar de lo razonable del argumento). Tenía la cara seca, es decir, desprovista de entusiasmo y alegría. Probablemente el fruto de toda una vida atribulada. No sé. Supongo que, aunque nos hubiera tomado fotos sonriendo, seguramente hubiera seleccionado aquellas en las que salimos serios. Era un asunto del centro de gravedad de su mentalidad. ¿Quién era el excéntrico? ¿Él o yo? No sé.

¿No has notado cómo, a veces, algunos enfocan todos los defectos del disfraz de los comediantes cuando se colocan pelucas u otros postizos, enfocándolos muy de cerca? En vez de favorecerlos alejándose un poco para disimular sus carencias, se acercan lo más posible, a fin de resaltar el error, la debilidad, la desventaja y el detalle que los desfavorece. Supongo que tiene que ver con el centro de gravedad de su mentalidad. Destacar lo malo es una tendencia en algunos. No les satisface otro ángulo.

Bueno, no voy a generalizar. Muchos se muestran totalmente positivos. Son buenas personas que se comportan naturalmente con sencillez, amabilidad y cortesía, PERO siempre que uno acepte someterse a su centro de gravedad, el cual a veces parece representar al de mayoría. En otras palabras, uno siente como si pensaran: "Solo te entrevistaremos o fotografiaremos o publicaremos una nota si aceptas nuestros términos'. O sea, te concedemos libertad de expresión siempre que te comportes como nosotros esperamos (si tu centro de gravedad es como el nuestro). Pero, ¿es eso realmente libertad de expresión?

Los que son así, no llegan a superar los parámetros para extenderse más allá, es decir, fuera del centro de gravedad, para comprender al artista y todo el universo que este tiene para compartir con ellos. En vez de asumirlo como un reto a su profesión y procurar entender la excentricidad del artista, quieren que el artista se conforme a ellos y reaccione como ellos esperarían, como ellos querían, como ellos habían planeado. Pero eso sería como si te invitaran a casa de un amigo para comer pizza y coca cola, pero tú le preguntaras por qué no saca también el vino, unas cervezas y otras cositas para picar.

En otros casos, el journalist tiene la mejor disposición. Es abierto, valiente y carece de prejuicios, valora las diferencias y quiere producir un reportaje o documental excelente, pero el editor en jefe coarta su libertad de expresión colocando tropiezos a su trabajo, impidiendo su publicación. Otras veces, no es ni el journalist ni el editor, sino el patrocinador o anunciante, que ejerce poder sobre el medio ("si no se deshacen de [...] no contrataré anuncios en su diario, canal, radio, etc."). Tal comportamiento no pocas veces ha resultado en renuncias escandalosas y pérdida de talento para el medio.

Otra anécdota. En cierta ocasión, yo estaba grabando en el estudio, muy concentrado en mi trabajo como músico y productor. Necesitaba toda la atención de los músicos y del ingeniero de grabaciones. De repente, a través del cristal, vi que ingresaron cerca de 10 o más journalists a la cabina del ingeniero (entre ellos, Guido Monteverde y otros connotados periodistas del medio), a quienes la gerencia había invitado a ver a Zulu en plena actividad. ¡Supusieron que me encantaría la sorpresa! Y todos se pusieron a observar lo que hacíamos. Unos tomaban notas, y otros, fotografías.

No estoy en contra de documentar la vida y la historia. Pero todo tiene un límite, en el sentido del respeto que todos merecemos. Para mí era un momento privado con mis músicos y con el ingeniero de sonido. Nadie tenía derecho de hacer pasar a la cabina a nadie sin mi consentimiento. Era una clara invasión de lo que es recto. Me sentí muy mortificado. Me distrajo de mi trabajo.

Como dictaría el sentido común (es decir, como todos tenían un centro de gravedad diferente al mío), pensaron que yo exclamaría: "¡Oh, sorpresa, cuántos periodistas! ¡Qué buena idea!", y saldría a saludarlos y darles la bienvenida al estudio, tomar asiento y darles una conferencia de prensa en ese momento. ¡A quién se le pudo ocurrir tan extraordinaria idea! Pero se estrellaron conmigo del mismo modo como un asteroide se estrellaría con un cuerpo celeste que se saliera del centro de gravedad. Porque no me hizo ninguna gracia. Fue una decisión totalmente equivocada de parte de la gerencia, el no coordinar conmigo, una que me perjudicó enormemente.

Los tiempos de grabación son vitales. Hay mucho dinero de por medio. Mantener encendidos los equipos cuesta mucha plata, y cada músico cobra por hora. Los horarios en un estudio de grabación se respetan al pie de la letra porque después de la hora fijada ingresa otro artista a grabar. No es algo que se puede manipular caprichosamente a última hora. Además, el mínimo respeto a la dignidad humana exige consultar con el artista para ver si no le ocasionará molestias a su labor.

No se trataba de un capricho ni de despreciar a las personas, sino de un poco de decencia y buenos modales. Pero sencillamente me sacaron de cuadro. Mi reacción no fue la que esperaron. Los miré, como diciendo: "¿Quiénes son ustedes? ¿De dónde salieron? ¿Quién les permitió ingresar al estudio? Nadie me ha consultado nada. Estoy ocupado puliendo detalles de un disco que, para mí, es muy importante." ¿Acaso le agradaría al fotógrafo que me metiera sin permiso a su laboratorio y me pusiera a ver todas sus fotografías inéditas? Y luego pensé el más natural de los pensamientos y de las reacciones humanas: "¡Qué se han creído (no refiriéndome a los periodistas, sino a la gerencia, que evidentemente programó y autorizó tamaña impertinencia)!".

De modo que detuve mi actividad. Pensaron que saldría a saludarlos y agradecerles por haber venido. Pero no. Traje un enorme biombo, de esos que separan a los músicos en el estudio para que sus instrumentos no interfieran con los demás, y lo coloqué frente a la ventana, bloqueando la visión. Entonces le dije por el micrófono al ingeniero de sonido: "Grabando nuevamente la pista, por favor". Y seguí grabando. Todos se quedaron pasmados, congelados en sus pies.

Fue un grave error de mi parte, desde un punto de vista normal. Tarde reconocí que debí poner a un lado mi amor propio y pensar que ellos eran buena gente y no hubieran entrado si la gerencia no los hubiera invitado. Ellos no tenían la culpa. De hecho, fue la gerencia la que pasó por alto el principio de decencia por medio de sorprenderme de esa manera, y ocasionó una colisión cósmica. Todo salió mal.

Reaccioné impulsivamente a lo que consideré una indecente intromisión, y ellos reaccionaron también impulsivamente ante lo que consideraron un insulto. Nuestros centros de gravedad se estrellaron mutuamente. Lógicamente llevé las de perder. ¡A cuál de ellos se le ocurriría disculpar mi excentricidad en ese momento!

En fin, es leche derramada. La lección más profunda no es sobre manipulación, sino que a muchas personas les resulta difícil -en muchos casos imposible- ponerse en el lugar de alguien cuyo centro de gravedad es diferente, ya que, precisamente, su centro de gravedad es diferente. Y lo justifico plenamente, porque comprendo que debe de ser difícil comprender a alguien cuya mente gira en torno a diferencias que, a veces, son muy profundas y arraigadas, como un árbol de una especie desconocida.

Muchos artistas somos así, una especie de planta que aún no se ha descubierto y para la cual no existe punto de referencia, aparte del hecho de que respira y necesita agua y luz. Por eso, cuando Fidel Gutiérrez quiso entrevistarme, primero evalué si tenía la capacidad para esforzarse a fin de entender mi excentricidad, es decir, mi centro de gravedad. Porque no quería que chocáramos y se resintiera porque yo fuera diferente. ¿Se molestaría si le decía que no quería que me tomara fotos, o que no escribiera cierto comentario, o que nos viéramos en cualquier lugar menos en mi casa...? Pero Fidel demostró ser un gran profesional en la entrevista. Entendió mi excentricidad y sensibilidad y logró las fotos y todas las respuestas que quiso. Lo hizo amablemente, respetando mis límites, y consiguió lo que quería. ¡Hasta lo llevé de paseo por San Isidro, por mi barrio de la juventud, mientras conversábamos amigablemente, disfrutando de la experiencia de conocernos. 

Un periodista que espera que el artista reaccione como él desea o espera, sobre todo si tiene ideas preconcebidas respecto a lo que quiere lograr con la entrevista, se pierde la parte más hermosa de la entrevista: Que el artista le abra su corazón y le revele todo lo que quisiera saber. Los preconceptos, los paradigmas, los dogmas, las teorías sin demostrar, el prejuicio, el orgullo, el celo profesional... pueden interferir en su carrera como una piedra en el zapato, y en vez de conseguir una entrevista extraordinaria, cierra sus maletas, le da la espalda al artista y se retira castigándolo con el silencio, o peor, escribiendo una nota desagradable.

Uno de aquellos periodistas hizo eso. Escribió un artículo tan sarcástico sobre mi trabajo que me hizo sentir como si alguien me hubiera arrojado ácido en el rostro. Fue un momento en el que realmente reconsideré si estaba yendo por un camino en el que disfrutaría de la vida. Ese día me di cuenta de que mi excentricidad podía ofender a muchos, no solo con mi música, sino con mi actitud, y me pregunté si el mundo realmente comprendería que yo giraba en torno a un centro de gravedad diferente.


La excentricidad es el don de los creativos, de los innovadores, de los que ven vacíos en el panorama que otros ven solo superficialmente. Son personas observadoras que simplemente gravitan de manera diferente. ¡Porque son diferentes! Y son raros, no temen el riesgo de levantar una piedra en el bosque para ver qué hay debajo. Un periodista excéntrico es uno que puede ir más allá y lograr éxitos mucho más interesantes. Porque tiene la capacidad de comprender a otras personas que, como en su propio caso, tienen su propia excentricidad.

Por ejemplo, muchos hablan de la libertad de expresión y reconocen que la libertad de expresión también implica la libertad de no expresarse, ya sea por escrito, mediante fotografías o por medio de gestos y ademanes. ¿No has visto que, a veces, se entrevista a personas que solo muestran su sombra, o que solicitan que su rostro no salga en las noticias? El respeto a la libertad de expresión hace que eso suceda. Se le concede el derecho que le asiste de expresarse hasta el punto que lo desee. Pasar por alto ese pequeño detalle no significa otra cosa que pasar por alto su derecho a la libre expresión.

Al actualizar este artículo me faltan 4 años para cumplir 70, y en todo este tiempo he observado hasta el cansancio el centro de gravedad de muchos que dan grandes discursos sobre la libertad de expresión. Pero cuando alguien se cruza en su camino y quiere ejercer su libertad de expresión, ya sea expresándose o absteniéndose de hacerlo, lo condenan de una u otra forma, como si debería haberse callado o expresado. ¿En qué quedamos?

Por ejemplo, sabemos que la democracia se fundamenta en el respeto a la decisión de la mayoría, ya sea simple, calificada o absoluta. Pero ¿acaso no hemos sido testigos de cómo, a veces, cuando los demócratas pierden, muchos de ellos levantan un frente unido para oponerse como si fuera con uñas y dientes, pisoteando dicho principio? 

En resumen, una de las cosas que me resultó muy difícil de sobrellevar era la forma como el sistema comenzaba a percibir mi centro de gravedad, por decirlo así. Me daba cuenta de que a muchos les resultaría muy difícil, o casi improbable, entender la excentricidad. Y comencé a preguntarme si realmente valdría la pena esforzarme tanto por hacer bien mi trabajo a cambio del menosprecio de quienes no tienen en cuenta la validez de la excentricidad y quisieran que todos reaccionaran y respondieran como ellos esperarían, tal como ellos lo imaginaron y desearon.

Cuando una persona es diferente, cuando sale con ideas raras, cuando quiere ser de otro color, cuando voltea a la izquierda si todos lo hacen a la derecha, cuando no quiere que le tomen fotografías, cuando se queja de algo con lo cual la mayoría concuerda, cuando surge un caso difícil y alguien lo resuelve fácilmente, me doy cuenta de que debo usar mi mente para tratar de entender el asunto más profundamente, antes de prejuzgar, condenar o menospreciar a alguien. Es difícil, pero ahora me esfuerzo más que antes. No es correcto ni justo tildar ni catalogar a alguien de irreverente simplemente porque no se ajusta al criterio de otros, especialmente en lo que tiene que ver con tradiciones y costumbres populares.

Por eso existen los concursos y campeonatos para decidir quién vale y quién no a los ojos de una multitud enfervorizada. Desde el arranque de su carrera le muestran aprecio o menosprecio. Solo el que obtiene el primer lugar es quien merece el galardón. Pero ¿y el esfuerzo, los gastos la creatividad y las ilusiones de los demás? Siempre me pareció absurdo que un caballo ganara por una nariz. ¿Acaso el caballo que llegó en segundo lugar podía decir: "Hoy no quería correr porque últimamente mi jockey me está latigueando muy fuerte", o el que ganó: "Sabía que un día me iba a servir ser narizón"?

Espero que no hayas tomado a mal este artículo, sobre todo si eres un journalist, sino que te haya servido un poco para comprender un poquito más a este patita conocido como Zulu, y que, a través de él, puedas esforzarte por entender por qué algunos artistas no son como se esperaría que fueran al momento de una entrevista. No deberías sentirte mal ni tomar represalias si alguien no responde como quisieras. Es un asunto de respeto a la dignidad natural a la que todos tienen derecho. La excentricidad es excelente, con tal de que todos hagamos un esfuerzo por comprender que forma parte de nuestras vidas.

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